UNA VEZ SUBIMOS POR LOS MONTES


Una vez subimos por los montes, abrazados por la selva oscura, en los asientos del coche, abrazados íbamos, mirando el relumbre del agua que corría por las laderas de la montaña, y escuchábamos el ruido de las ruedas al pisar el arroyo efímero que cruzaba el camino de tierra y segúia deslizándose montaña abajo. La selva respiraba. Envueltos en un aire  fresco con aroma de flores sin nombre, cuando el colectivo frenaba, en alguna curva pronunciada, oíamos algunos pájaros, asustados, que se alejaban en la densa a oscuridad.
El coche seguía rodando y nuestros cuerpos se apretaban aún más a la ventanilla para palpar esa maravilla que nos circundaba, enormes helechos colgaban de la laderas, y se adivinaban algunas siluetas de árboles, negros sobre el fondo azul intenso de la noche. En el largo abrazo que duró todo el viaje, hicimos planes de vivir en un pueblo pequeño y estar con la tierra, aprendiendo de la Pacha.

El amanecer despertó a la selva, una niebla cubría el camino y sólo se adivinaban algunos árboles más altos en las montañas más lejanas, estuvimos dentro de esa nube mucho tiempo, sentíamos  que nos impedía ver la magnificencia de la selva que habíamos podido intuir en la noche, rogamos que la nube se disipara, y que el sol despuntara tras las montañas. La niebla no se disipó, sólo lo hizo cuando habíamos llegado a otro lugar, donde el paisaje era ya otro. Arbustos bajos y ralos cubrían pequeñas elevaciones. Habíamos pasado la selva sin poder verla, sólo estuvimos inmersos en su intensa vida que nos cobijó en la soledad profunda de nuestro abrazo, y habíamos sentido su respiración, habíamos latido con ella, con la bella y misteriosa tierra.

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