
Re-ligarnos a la Pacha
Proponemos hacer un breve recorrido por tan sólo un fragmento de historia, la de Occidente, que marca hasta nuestros días el rumbo que parece ineludible, pero que ha estado atravesado por múltiples realidades, algunas paralelas y otras que en su derrotero de progreso fueron destruidas o fagocitadas. Pero al igual que en cualquier metabolismo, lo que se engulle termina, luego de intrincados procesos, formando parte indistinguible de aquél que fagocita. Con esto queremos adentrarnos en las grandes líneas que nos han traído hasta aquí, a algunos de las narices, a otros tironeando de la cuerda y encabritados, y a los más crédulos caminando mansos hacia el gran estómago de esta máquina que se está comiendo el planeta.
Las piezas de esta inmensa máquina empezaron a fabricarse hace milenios, cuando algunos hombres venidos del este trajeron sus caballos e invadieron las aldeas alrededor del mediterráneo. Las formas de vida que allí se daban estaban ligadas a la Gran Madre, la Tierra, y sus ceremonias y rituales se referían a sus ciclos de vida, muerte y renacimiento, a un tiempo no lineal dado por el ritmo de las estaciones y las cosechas.
Los pueblos de pastores, montados a caballo, fueron quienes se asentaron en lo que luego se llamó Grecia. Poco a poco fueron desplazando a la Gran Madre y a los clanes del ciervo, de la yegua blanca, de la abeja… para suplantarlos por su panteón de dioses masculinos, encabezados por Zeus y por algunas diosas mujeres que eran un pálido reflejo de los atributos de la Gran Madre. A aquello que llamaron caos, lo fluido, lo oscuro, lo misterioso, lo innombrado y lo sin forma, lo que fluye, el devenir, le opusieron el cosmos, lo fijo, lo inmutable, lo eterno, lo que puede ser conocido mediante la razón y descrito por leyes.
Aún así les fue difícil implantar su visión del mundo, todavía a Heráclito le gustaba bañarse en un mismo río que todos los días era distinto, y los sofistas, epicúreos y estoicos se encabritaban frente a las imposiciones de la razón. Hasta en nuestro presente, la trilogía Sócrates, Platón y Aristóteles sigue aún, detrás del decorado, rigiendo la forma en que pensamos, elaboramos las leyes y nos relacionamos entre “Nosotros y la Naturaleza”.
Y ese es el problema, el problema es que decimos “Nosotros y la Naturaleza”.
Presos y presas en una dicotomía que se polarizó aún más desde el siglo XVI en adelante, 1492 marcó el inicio de la devastación de pueblos y territorios de nuestra América y también el inicio del capitalismo y la Modernidad. Con Galileo Galilei y su énfasis en la matematización del mundo, Bacon y su idea de someter y torturar a la Naturaleza para que entregue sus secretos, fantasma que aún asola el mundo, violación y tortura. Con Descartes y su método para que la razón determine lo que “es” de lo que “no es”. Luego, Kant seguirá poniendo los remaches a la máquina colocando al hombre en el reino de la libertad, lo trascendente y la política; desde esas alturas se conecta con las “ciencias naturales” reificando, eso sí, al individuo y a la propiedad privada. Adam Smith, cuantificando la economía desde la crematística -ni siquiera Aristóteles se atrevió a tanto-; y sigue una larga lista, pasando por David Ricardo, Hayes y Friedman. ¿Para qué seguir enumerando a quienes construyeron la máquina de muerte? Sólo para los desmemoriados o para los que creen siempre las mentiras de la gran máquina, que genera fractales de los sueños de la razón, múltiples monstruos disfrazados de comodidad, consumo, confort, vivir mejor; siempre vivir mejor que otros, una vida en venta, una vida comprada a costa de la sangre. Sangre de otros remotos, que están lejos en las maquilas de Indonesia, en China o en Ciudad Juárez, en las minas del Congo o en Sudáfrica, sangre de los pueblos originarios desplazados y asesinados que resisten por su memoria y sabiduría, o de los campesinos echados de sus tierras por la fiebre del mono, mono, mono, monoteísmo, monopolio, monocultivo, un solo mundo, un solo idioma, la aldea global, una sola forma de viajar, una sola forma de comer, de comprar, de vivir, de coger, si no cogemos como en Hollywood, si no lucimos como las Barbie y los Ken de turno, si no bailamos con las músicas impuestas, si no cobramos un salario y si no tenemos cuenta en el banco no sirve vivir… La máquina sigue engendrando sus monstruos, la salud no depende de nosotros, son otros los que nos dicen cómo y cuándo enfermarnos y curarnos, los viejos llenos de múltiples pastillas para que vivan una vida sin memoria, sin compartir, porque su lengua se mueve al compás de los pensamientos inducidos por los fármacos…
¡Qué dicotomía, “Nosotros y la Naturaleza”! Tenemos los dispositivos tecnológicos en la mano, la ropa, la comida, la energía, la luz, la nafta e ignoramos de dónde provienen, quiénes y cómo los extraen, quién se beneficia, adónde van la basura y los residuos que generamos.
Vivimos en un bello planeta, vivimos en la Pacha, un espacio tiempo sagrado, sagrado por lo que significa estar en relación a algo que nos circunda, nos contiene y es más grande que nosotros y lo será siempre, esa re-conexión, ese re-ligarnos a la Pacha es lo que estos tiempos difíciles nos demandan.
La sabiduría del Himalaya pasó a los Andes, de allí viene una nueva enseñanza, tan antigua como el rumor del mar y del viento, como las montañas que nos hablan y que no escuchamos porque nos transformamos en máquinas. Pero, como dijimos al comienzo, estamos constituyendo cada átomo de la máquina y está en nosotros rebelarnos y volver a religarnos a la Pacha para que la máquina deje de funcionar, y entender que podemos vivir con nuestros cuerpos que la Pacha nos presta, haciendo de la tierra un buen lugar para disfrutar, trabajar y compartir, en abundancia frugal, y sentir toda su potencia de vida, el verdadero poder.
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