
Plantas medicinales
Vamos por la ciudad pisando cemento, absortas en nuestros propios pensamientos, distraídas por lo que hay en las vidrieras, mirando quizá los rostros de quienes pasan a nuestro lado. Hace calor, el humo de los autos, el ruido y el sonido de la música que sale de los negocios con el volumen a tope, hace insoportable el mediodía de verano en la ciudad de siempre, en la ciudad de cemento.
Nos acercamos a la parada del colectivo, una sombrilla de vidrio y metal está aún más caliente que el asiento también de metal , ya ocupado por varias personas cargadas de bolsos. Decidimos seguir cuatro cuadras más, a pesar del calor ,del ruido y de la dificultad de transitar por las veredas angostas, rotas, y el arroyo de aguas servidas que debemos sortear en cada esquina.
Caminamos unas cuadras y de pronto, como un oasis en el desierto, logramos ver las copas conocidas de tres fresnos que sobreviven al ansia taladora de quienes no entienden que son las plantas las que nos dan el oxígeno que nos permite respirar y vivir.
Nos acercamos más al ansiado verde, la sombra generosa y fresca de los árboles, nos devuelve el aliento. De pronto, los que pasan a nuestro lado nos parecen más amables, y la mujer que come con gusto un helado adelante nuestro, en la fila del colectivo, se siente también a gusto a la sombra de los fresnos. Esperamos con paciencia la larga media hora hasta que llega el colectivo, antes de subir saludamos a los árboles, deseando que vivan mucho tiempo, que sean amados y cuidados, porque nosotras sabemos que todos los días nos curan un poco, así, sin que nos demos cuenta.
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