El silencio que aturde o la sopa de rana.

El silencio que aturde o la sopa de rana.



Rachel Carson, bióloga, publicó en 1962 La primavera silenciosa. En este libro aparecen una serie de ideas que a 58 años de su publicación siguen teniendo aún más vigencia. Carson alertaba sobre los riesgos para la salud, tanto para las poblaciones humanas como la de los animales silvestres debido a las fumigaciones con DDT, usado para combatir en ese momento mosquitos y distintos tipos de insectos considerados plagas para la agricultura.

Para la autora estaba claro que la enorme cantidad de sustancias que se estaban arrojando al ambiente harían de nuestro planeta un lugar incompatible con la vida. El título del libro hace referencia justamente a una primavera futura en donde no se oirá el canto de los pájaros porque la contaminación habrá acabado con ellos.

La evidencia científica presentada por la autora era indiscutible, y estudios posteriores comprobaron los efectos altamente tóxicos del DDT, compuesto  estable y persistente, que  tarda décadas en degradarse; se evapora y se desplaza a largas distancias a través del aire y el agua y se acumula  en el tejido adiposo de los seres humanos y las especies silvestres.

Pero lo más interesante quizá del libro, por fuera del logro científico de poder predecir los efectos de una sustancia que era tenida como una panacea, fue el vínculo que estableció entre la agricultura industrial y las investigaciones alemanas sobre armas químicas con efectos sobre el  sistema nervioso de los seres humanos. Declaró que la humanidad, estaba en guerra con la naturaleza y que para detener la destrucción de la vida propiciada por el complejo industrial militar, un cambio civilizatorio era absolutamente necesario e impostergable. Para ello proponía una revolución en la forma en que se dan las relaciones entre los seres humanos entre sí y con la naturaleza.
Los problemas planteados por Carson eran urgentes, a pesar de ello sufrió el ataque de las  empresas químicas que desacreditaron y minimizaron su investigación, orquestando una campaña de  difamación  sobre su persona.

Luego de casi 60 años de la aparición de La Primavera silenciosa, el afán destructivo de esta civilización ahora ya globalizada ha aumentado. A la par que aquellos a quienes denunciaba Carson han visto acrecentado su poder y su accionar en un mundo que declaran interconectado y global, han aparecido nuevos actores, que se presentan no ya solamente como grandes corporaciones, sino como individuos poderosos, con nombre y apellido que exhiben sus estratosféricas riquezas, logradas según ellos en el lapso de su propia vida y gracias a saber aprovechar las oportunidades de un mercado mundial, por demás generoso para aquellos que emprenden, trabajan y creen en sí mismos, se ponen metas y luchan  para lograrlas, brindando al mundo productos y servicios que cada día se vuelven más necesarios, y a los que han conseguido tornar casi imprescindibles. 

Es así que dueños de empresas globales pueden decidir comprar cadenas enteras de supermercados y hoteles, adueñarse de playas, montañas, ríos, glaciares y bosques, desalojar poblaciones enteras de sus territorios, asesinar a miles de activistas que defienden sus comunidades  o adueñarse de miles de millones de datos personales para negociarlos en la red.

Si atendemos al lenguaje, una red conecta, pero también atrapa.
Desde la comodidad de las pantallas, día a día, los medios masivos de comunicación en poquísimas manos, repiten sus noticias y análisis en forma viral, homogeneizando lo que se  publica y comenta, se consume información como se comen palomitas de maíz.

Así el silencio en esta primavera, aturde.

No podemos dejar de preguntarnos cómo es que hemos permitido que exista un 1% que posea casi toda la riqueza del mundo y que decida por sobre las personas, los pueblos y los Estados. Que ese 1% tenga más riqueza que el PBI de muchos países y que decidan sobre la vida y la muerte del resto de los habitantes de la Tierra.

Hemos permitido, sin emitir un sonido de protesta, que alguien decida llenar el espacio de satélites, como iniciativa privada, con la aprobación de alguna agencia de algún gobierno sin debate público, sin informar, sin respetar el principio de precaución, con el silencio que aturde de las Academias de todo el mundo salvo algunas excepciones. A pesar de todo ello hay personas por todo el planeta que resisten, entablando relaciones de interdepencia y cuidado entre ellas y con el ambiente.


Permitimos que, día a día, aviones vuelen sobre nuestras cabezas dejando estelas de finas micropartículas de metales pesados que entran en el metabolismo de los ecosistemas y en nuestros cuerpos, sin que ningún organismo explique a la población quiénes son, qué hacen y porqué, con qué beneficios y qué estamentos del Estado los autorizaron.


Ahora las calles de muchas ciudades están vacías, un silencio que aturde.
El shock está servido en bandeja, Naomi Klein lo explicó en su libro,  todo el mundo está en shock, un experimento a nivel global.

Seremos  capaces de saltar de la olla o  haremos como la rana, que al ser calentada a fuego lento la olla en la que está metida,  no se da cuenta, no salta, se queda  adentro y termina cocinada.

Comentarios

  1. El tema de las estelas químicas es arduo de discernir y se torna un debate necesario en donde estén presentes los afectados y quienes estén dispuestos desde la ciencia a realizar los análisis pertinentes y dar la cara .

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