Comidita


La comida es algo que ha tenido bastante importancia en mi vida, de diferentes maneras según las edades.
De niña fue la fascinación de ver cómo se prepara. El padre amasando y cocinando el pan. 
La madre pelando, cortando, picando, mezclando, moliendo, rehogando, hirviendo, asando. 
Mis ojos curiosos a la altura de la mesada no queriendo perderse nada, mi presencia entorpeciendo
el paso de los alimentos de la bolsa de las compras a la pileta, de la pileta a la tabla, de la tabla a la cacerola. 

Los aromas anticipando los sabores y la dulce sensación de la panza llena.

Luego vino el desorden de la adolescencia con la urgencia de llenarse sin importar cómo ni  con qué. 
Pasar de la leche con avena al sanguche de mortadela y al panchito sin escalas. 
Las casas de estudiantes me regalaron pobres comidas devenidas en manjares compartidos. 
Los grandes amores trajeron consigo lo rico, lo agradable en boca, las mezclas suntuosas, el vino. 
Y fue el momento de empezar a ejercer la magia de cocinar. 
¡Qué placer cuando algo es bueno y sale rico!
Para ir dejando que llegue, lento y seguro, el tiempo de aprender y de desaprender.

De aprender que lo mejor es lo que viene directamente de la tierra, como aquella zanahoria recién
sacada de la tierra por el abuelo cuyo aroma no voy a olvidar nunca. 

Reaprender que cualquier cosa sabe siempre más rico al estar con otres.
Aprender el placer de plantar, ver crecer y después cosechar unas chauchas, una lechuga, un zapallo. 
De desaprender para abandonar la comida industrializada, que es comida sin vitalidad y llena de veneno. 
Y en eso estamos, aprendiendo y desaprendiendo, dándole la vuelta a los mágicos ciclos de la naturaleza.

Comentarios

  1. Me gusta mucho esa apelación a los recuerdos de infancia, los olores y los sabores, el compartir y aprender , observando , sintiendo.Gracias!

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    1. Gracias a vos, 3 lunas, por traer a nuestra memoria lo sensorial de las infancias.

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